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PORT O´BRIEN

01/18/2010

TEXTO: J. Batahola para Mondosonoro.

Cuando un entrevistado no tiene ganas de hablar, uno no puede hacer mucho más que recoger los escombros que encontremos en la grabadora y sacar lo que buenamente se pueda. Sentado en la recepción de su hotel, Van Pierszalowski va soltando palabras con cuentagotas, no demasiado contento sobre el sonido de su actuación el día anterior en el primero de sus conciertos para el Primavera Club 2009 en Madrid. “No nos dio tiempo a probar sonido. El viaje en furgoneta desde Barcelona fue muy largo, y al entrar en Madrid el tráfico era horrible. Cuando conseguimos llegar ya estaba todo montado en el escenario y sólo nos quedaban unas pocas horas hasta salir a tocar. El sonido estaba muy alto y cuando la gente habla tanto como ayer lo único que puedes hacer es dejar que te moleste y enfadarte bastante, o aceptarlo y tocar centrándote en la gente que está atenta. Es algo que he aprendido a hacer con el tiempo”. La sala de columnas del Círculo de Bellas Artes puede ser un lugar precioso, pero desde luego no está acondicionado para la música en directo. Al día siguiente, sobre las tablas de la sala Caracol, la cosa fue bastante diferente. Vibrantes y enérgicos, con una melancolía camuflada de urgencia eléctrica, lo que pudimos ver poco tenía que ver con sus discos, y bastante con tratar de encontrar algo diferente y orgánico en sus propias canciones. “No me gustan los directos en los que se hace lo mismo que he escuchado en un disco, porque no creo que sea algo muy creativo. Debería de haber un contraste entre lo grabado y lo que haces en el escenario, entre el entretenimiento y la diversión de un directo y el proceso de creación que desarrollas en el estudio. No me parece que cuando tocamos en directo se pueda considerar arte, es sólo una actuación para que tanto el público como nosotros disfrutemos”. Los temas de su último álbum (Threadbare, City Slang 2009) fueron la base del repertorio. Ensombrecidos por la muerte de alguien cercano, han bajado de revoluciones a favor de los detalles. “La mayoría de nuestros trabajos tienen bastantes canciones ruidosas, pero esta vez queríamos cuidarlas al máximo. A pesar de que les dábamos un tratamiento “de rock”, la intención era que cada canción se condujera ella misma a su lugar. Muchas finalmente quedaron muy reposadas porque los sentimientos de los que hablaban necesitaban una producción más delicada. Fue un proceso muy interesante”. Alaska y la sensación de soledad al pasar varios meses en un barco de pescadores son, en esta ocasión, temas menos recurrente. “Supongo que es algo que sigue ahí de manera inconsciente, porque ha sido una parte de mi vida, de quién soy y sobre lo que escribo, pero en términos de influencia directa en las letras del último disco, no me parece que sea relevante. Supongo que volveré en el futuro, pero ahora mismo no tengo demasiado interés en escribir canciones sobre pesca”. Parco en palabras, pero apoteósico sobre el escenario, Van y su banda firmaron uno de los mejores conciertos del pasado Primavera Club en Madrid.

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