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ADANOWSKY. Amor amargo.

07/22/2010

Texto: J. Batahola para Mondosonoro.

El término “inclasificable” se le queda bastante corto. Ha matado ídolos, renacido en el desierto mexicano y ahora presenta un segundo disco en el que el amor, amargo y oscuro, es el protagonista.

A primera vista, parece un iluminado. Totalmente de negro, bajo un sol abrasador y sentado en las oficinas de El Volcán, impone cierto respeto. Una vez que empieza a hablar, “El Ídolo” es bastante más normal de lo que parecía. Está encantado de conocerse, pero su ego no te arrastra sino que invita a la conversación. Adán Jodorowsy creció en un ambiente en el que tuvo libertad para pensar y para equivocarse. Con 15 años ya tenía su propia banda, The Hellboys, con la que se expuso las delicias  y las miserias del rock and roll. Antes tan sólo quería ser actor. “Ahí descubrí lo que eran las giras. Abrí shows para Rancid, Joe Strummer and The Mescaleros, Rocket from the Crypts… Después los demás empezaron a drogarse y me desesperé un poco; hasta que el cantante murió de sobredosis. Empecé a tocar el bajo para otros sólo para ganar dinero y ya empezaba a cantar mis canciones. Fui a México a ver un curandero porque tenía problemas de corazón; me operó, y durante una semana estuve en cama. El último día me di cuenta de que tenía que dar un cambio en mi vida y decidí llamarme Adanowsky”. También necesitaba distanciarse un poco de la larguísima sombra de su padre, y tuvo claro que lo mejor era empezar trabajándose todos los escenarios que se le pusieran por delante. “Mi manager francés me decía que si actuaba demasiado el público se iba a cansar, pero quería tocar todo lo que pudiera. A uno de mis conciertos vino el cantante Christophe, un músico de los sesenta, y me dijo que quería presentarme a su productor, Francis Dreyfus. Vino a verme, me contó que quería grabar mi disco y me dio mucho dinero para hacerlo. De ahí salió mi primer álbum, “El Ídolo”, que en ese momento se llamó “Etoile Eternelle”. Los dos pensábamos que iba a ser un exitazo, pero no vendió nada”. Desde el principio su plan había sido cantar en castellano, algo que no tenía demasiado sentido en el mercado francés, pero sí con la vista puesta en otros públicos. “Me sentía un poco fracasado, así que decidí traducir las letras para ver qué pasaba. Conocí a un tipo que montaba giras en Chile, fui a hablar con él y se entusiasmó. La gente cantaba, las salas estaban llenas y la canción “Estoy Mal” se convirtió en un éxito. Grabé las voces de nuevo y me fui a México, Argentina, España y Colombia; y encontré una discográfica en cada país”. Creó “El Ídolo” para esconder su timidez y superar en parte sus problemas de comunicación. El personaje no era demasiado amable: torturado, angustiado y siempre sufriendo, era la manera ideal de sacar a la luz la parte esquizofrénica que todos llevamos dentro y controlamos de mejor o peor manera. “Siempre fue fanático de Alice Cooper, AC/DC, Bowie… y yo quería hacer algo así porque “El Ídolo” sin show no tenía sentido. Me encantaba la idea de explotar mi parte más sexual y utilizo mis personajes como terapia que me ayuda a abrirme”. Una vez asimilado y disfrutado el éxito, llegó el momento de moverse hacia delante. De las cenizas de “El Ídolo” nació “Amador”, una vez decidido que no quería encasillarse en un único héroe y que ambos iban a ser protagonistas de una trilogía. El proceso, evidentemente, fue todo lo excesivo que el dinero le permitió. “Necesito matar para renacer, como un acto simbólico. Llegué a la sala cargando una cruz, me ponía a bailar, hacía un striptease, desnudaba y pintaba con sangre falsa a unas muchachas. Había una vaca gigante dorada y una estatua del ídolo que rompía con un palo. Al final entraba la muerte. Yo bailaba con ella, la besaba y me moría. Entraban romanos con un ataúd y mariachis cantando la marcha fúnebre. Me paseaban por el público dentro del ataúd y la gente lloraba. Después subí al escenario desnudo y canté canciones del nuevo disco”. El sujeto protagonista de la segunda parte de la historia nada tiene que ver con el cabaret de la primera. Las canciones son íntimas y acústicas, de tono folklórico y en parte nostálgico de espíritu setentero. “Cuando escribía para el nuevo me estaba separando de una mujer y escuchaba mucho “Pink Moon” de Nick Drake y a la Plastic Ono Band. Me di cuenta de que quería hacer un disco que se pudiera escuchar en casa y estoy convencido de que “Amador” transmite un mensaje de amor humano, no amor comercial como Luis Miguel o Enrique Iglesias. Al hablar de él en las entrevistas, me siento mucho más sensible”.

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